Casi once años
antes del anuncio de la carretera de Bonares-Lebrija-Cádiz, ya había comenzado
varios proyectos de enlazar Huelva a Cádiz por la “carretera de la costa”,
desde los años cincuenta del siglo pasado, contando con la presión ejercida por
los mandos militares, que la veían un problema estratégico ante una invasión
enemiga por la costa.
Es cuando el
domingo 23 de enero de 1977, cuando el diario sevillano del ABC, recogía la
siguiente información:
Los vecinos de Matalascaña y Almonte declaran que la
“carretera por la costa” es una guerra declarada entre dos provincias y el
ICONA.
En la
redacción de este periódico, se ha recibido muchas cartas, junto a llamadas telefónicas
y telegramas, por parte de los lugareños de la playa de Matalascañas, de los
almonteños y de muchos pueblos de los alrededores que se siente afectados por
la futura carretera, quieren exponer sus ideas, sus anhelos sobre esos veinte y
nueve kilómetros que faltan para que estas dos provincias se unan por vez
primera, y se inicien los que ellos llaman “era de prosperidad”. Por donde en
el día de hoy, gracia a la amabilidad de don Juan Bermúdez Sánchez, veterano en
tiempo de residente en Matalascaña, reunidos en su local “El Faro Rojo” (Una de
las primeras discotecas y de más influyente en esta playa, que se encontraba en
la misma entrada de ella). El señor Bermúdez es, a la vez, presidente de la
asociación de propietarios.
Con él, don José Luís
Fernández Ventura, propietario de la librería Cernuda, al hombre que como periodista
le debo esta amable reunión; igualmente están don Federico Wittwer, viejo
amigo; don Alberto de Haro Rivadulla; los profesores de EGB don Francisco
Santos Suárez y don Francisco Guijarro, así como los industriales de Nicolás de
Silva García y don José Romero Serna. En el curso de la conversación, que ha
durado muchas horas por la carretera. Todos opinaron.
-Oigamos- me
dicen- el señor De Haro, maestro de obras. Desde hace siete años vive aquí de
forma permanente.
-Soy hombre de la
generación de la guerra. La tuve que hacer. Y observé que, si nosotros
pegábamos un morterazo, al enemigo, éste procuraba contestarnos con dos. Dentro
de la crueldad que encierra toda contienda, existía la posibilidad de defensa o
de entregarse al victorioso. Esto de la carretera es una guerra declarada entre
dos provincias y el ICONA, en defensa de una carretera que para nosotros es
vital.
-Usted debe saber
que hay más oposición que la del ICONA.
Lo sé. El
español medio, el que vive de Despeñaperros para arriba, tiene formada una
opinión contraria a la carretera, debido a Televisión Española, que sin permiso
de nadie se mete en los hogares y dice esa serie de cosas que hacen pensar a
los demás si será mejor sacrificar un sector importante del Sur de España en
beneficio de unas aves y unas dunas que, nosotros, somos los primeros en
respetar. Por otra parte, hay marcado interés en defender otras playas, mucho
peores que las nuestras. Es curioso que TVE no interroga, a este respecto, más
que a las partes que ya se ha declarado interesadas en que no se haga esta
carretera.
Por otro lado, hablan personas que aquí estuvieron muy de
paso y que ahora tienen una ligera idea de lo que contemplaron. Lo demostrar el
máximo de interés por las dunas no lo entiendo, ni la idea que sobre las mismas
sostienen. En cuanto a los animales, hay que saber, y conocer y ver como los
grandes parques nacionales similares a este los visitantes se acercan a los
mismos. Y no pasa nada de nada. Claro que el coto de Doñana no es tan
visitados.
---¿Razones?
---Porque, por
lo menos, hay que invertir un mes en papeles. En realidad, se trata actualmente
de un coto muy privado, privadísimo.
´---Donde—alguien dice a mi lado- se despidió a 1976 y se
recibió al nuevo año con una gran fiesta en la que participaron quienes tienen
bula para entrar y permanecer en el mismo. Hasta se jugó a enlazar jamones para
su curación.
---Hay, por otro
lado—continúa hablando el señor De Haro--, algún que otro error con eso de los
animales que viven aquí. De vez en cuando vemos cosas en TVE que nos hacen
reír, y no comprendemos a quién se trata de equivocar. ¡Ah!, y no olvidemos a
los sufridos arroceros, aquellos que alimentaron a buena parte de España cuando
pasábamos hambre, y que hoy están sembrando con un mil y un apuro. ¿Y este
complejo turístico aprobado por el Gobierno? Se echaron campanas al vuelo.
Matalascañas sería un emporio de riquezas para todos, incluso para el Estado.
Pero esa propaganda contra la carretera, ese tesón en defender lo que no tiene
defensa, ha paralizado todo tipo de obra. Virtualmente, todo está parado.
Es de risa pensar
que la masiva entrada de divisas y los puestos de trabajo que podrían ofrecerse
en Matalascañas estén supeditados a que se diga si o no se perjudica a un
sector de la fauna. Entonces, pensamos, si hay que respetar a la fauna, que se
nos acoja a los hombres de aquí como fauna y se nos de la protección del ICONA.
Así, el Instituto para la Conservación de la Naturaleza, para protegernos nos
dará la carretera ansiada. Nada, nada. ¡Queremos ser fauna! Y que viva nuestra
futura protectora: ICONA.
---Mire –me dices
el señor Fernández Ventura--. La actual urbanización se levanta en una zona de
dunas fijas. Su construcción fue debidamente supervisada y aprobada. El
ecosistema de dunas móviles o vivas se extiende desde Caño Guerrero hasta la
desembocadura del Guadalquivir. Como se sabe, estas alturas de arena –llamadas
también médanos, conocidas aquí con el nombre degenerado de “meanos”- se
alimentan de arena y avanzan desde tres hasta diez metros por año, según la
situación. Al construir la carretera es lógico que se altere parte de su
asentamiento. Pero de eso a vaticinar la desaparición del sistema dunar hay un
perfecto disparate.
El alimento de las
dunas seguiría el curso normal de siempre: el del viento del SO, que, como se
sabe, es el agente principal. Si se hubiera tomado unas vistas de la reserva,
colindante con la urbanización, a la izquierda de los cuatro kilómetros de
carretera construida—antes de hacer ésta—y la comparásemos con la vista actual,
nos daríamos cuenta – y para ellos no hay que ser ecólogo ni biólogo—que la
vegetación indígena, al abrigo de las construcciones, ha mejorado, presentando
una vegetación uniforme que antes no existía.
---Si el
ecosistema dunar o, mejor dicho, los médanos móviles, siguen avanzando en
dirección NE, dentro de un cierto tiempo las arenas taparán parte del bosque de
Doñana, por la acción lógica de estos agentes geográficos, reduciendo por ello
la superficie de lucios y lagunas. Observemos el mapa topográfico (levantado por el general
Lammerer a instancia del arqueólogo Adolfo Schulten, para intentar situar Tartessos),
y veremos el avance efectuado por las dunas móviles en lo que era bosques y
marismas. Igual puede verse cómo las dunas, al cubrir los pinos plantados cerca
de la playa, los mata, convirtiéndolos en troncón seco, los que se llama “pino
esqueleto”.
Para los que
hemos visto nacer esta urbanización, arena húmeda y salina, cubierta a trozos
de matorral típico, donde sólo anidan las víboras y escorpiones, nos no ha
causado sorpresa verla hoy florecer como un vergel, y donde bandadas de
diversos pájaros, entre los que abundan jilgueros, viven y se reproducen, en
unión de las vistosas urracas. Tampoco es sorpresa ver recortarse en el cielo
las parejas de rapaces que han ampliado su campo de caza hasta estas
edificaciones, a las que se acercan en su acción predadora. No hay que ser un
Konrad Lorenz –biólogo laureado con el Nóbel –para ver que, si algo ha cambiado
la faz de esta parte, ha sido mejor.
Si tuviera la menor
sospecha que esta carretera iba a ofrecer el mínimo peligro Doñana, sería el primero
en alertar a todos. Duele que algunos científicos se expresen o a bien ex
cátedra sobre el tema. He oído quejarse a más de un visitante extranjero –que el
pasado año pudieron recorrer el coto--, señalando que más daño hace al suelo
las rodadas de tractores y otros vehículos que una vía de acceso interior. Por
último, desde que se hizo la urbanización, hemos visto pasar de la reserva a
ésta toda clase de animales de su fauna, desde el famoso meloncillo, nuestra
mangosta, hasta el desconfiado lince, sin olvidar gamos, ciervos y jabalíes, lo
que desmiente de forma palpable que las edificaciones y sus habitantes alejan
la fauna de la reserva.
José García Díaz.
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