domingo, 4 de octubre de 2015

El arroyo del Oro, de Lucena del Puerto.

                                                                     
                                                                      


                               Diario     de    Madrid

                        Del Sábado 9 de 1802   Núm.282.

Noticia de una mina de sulfato de hierro, y agua mineral en nuestra península.

             En la playa del Océano que está entre Cádiz y la frontera de Portugal, precisamente a ocho leguas de San Lucas, pasado el río Guadalquivir, al  Norte- Oeste, de aquella ciudad, desemboca en el mar, lamiendo los muros de una torre vigías llamada de Loro (ó del Oro), hay un arroyuelo de una vara de ancho, por lo menos, cuyas aguas cristalinas y delgadas se deslizan blandamente y sin ruido por entre espesas matas de berro de un montecito  arenoso que a  la de tres ó cuatro estados, acompaña inseparablemente la lengua y bordes de agua, como cuarenta pasos distante de ella, yendo en disminución hacia el Poniente hasta  que desaparecer junto a  la desembocadura del río Tinto.

        Un cuarto de legua antes de divisar la torre se ven grietas y señales verdinegras, verdes y amarillentas a lo largo de la falda del montecillo, que indican los vestigios que las aguas al pasar del material de que venían cargadas.

       Si abandonando la orilla del mar, se camina derecho hacia el Norte; siguiendo la línea recta del callejón que se junto al manantial, se dejará a la derecha una mina de “Sulfato de hierro” de tres cuartos de legua en cuadro, en cuyo centro hay otra de un cuarto de legua más rica de hierro, y se encontrará a las tres leguas un borbotón de agua de la misma especie que la del arroyo del Loro, que sale a la raíz de dos gruesos pinos que están juntos, el cual dirigiendo su raudal por entre los dos, se esconde bien pronto bajo tierra.

         Otro grueso caño de esta agua (la misma, ó de la misma especie, al parecer) salta a una legua de distancia del que acabo de describir hacia el Oeste que dando vueltas y rodeos, y siendo ya de algún uso a un pueblo inmediato llamado Palos, descarga en una cala, que entras tierra a dentro, a media legua del río Odiel.

        Las aguas de todos estos manantiales son delgadas, claras, subdulces, ligeras, y apreciables. Aunque no me conste de su utilidad en baño, tengo sí observaciones de sus maravilloso efecto, tomadas en uso interior, para las obstrucciones, caquexias, dolores y debilidad de estomago sobre todo, en cuyos desordenes, como los de las entrañas de bajo vientre, son de un poderoso auxilio, y debe esperarse mucho de ellas.

               Cuando en el año del Señor de 1.793 descubrió mi padre al pasar las circunstancias que le llevó expresadas del arroyo del Loro, las furias de un invierno cruel, ni el lastimoso espectáculo de los males producidos por la altivez de las olas que echaban a la orilla mísero náufragos y  restos de barcos desechos, pudieron retraerlo de escudriñar los vegetales que acompañaban y habitaban estos lugares.

           Uno de ellos enterrado casi en la arena, sin flor, de hoja pequeña, recortada, y de sabor de anís, llamó sobre todo su atención, que guardado, y perdido después en los penoso y  dilatado del viaje, ha sido imposible volver a encontrar, a pesar de la exactitud con que se ha buscado, habiéndose hecho dos viajes para este fin. Bien que se sospecha sea propio de aquella estación, y no de la ardorosa en que en vano ha sido procurado.

    Deseaba yo haber a la manos un pedazo del mineral para hacer su análisis. La ocasión de pasar por el sitio de él en día 18 de Septiembre de 1801 me inspiraba alegría, satisfecho de procurármelo. Pero los riesgos a que vida estuvo expuesta por la ferocidad de unos desertores que con armas en mano, me obligaron a desamparar aquel lugar, habiendo solo vuelto a reconocerlo, y tomado avisos de un anciano, único morador de aquel desierto.

              Espero con todo algún día poder dar razón exacta de todo lo concerniente a este asunto. Sirva en el interés esta noticia a los naturalistas, y si algunos tuviere ocasión de reconocer y examinar este misterioso paraje, le protesto que hallará cosas grandes, en especial, vegetales apreciables. Ni dejará de ser útil, sino ahora, en algún tiempo, a la salud de nuestros semejantes.

         Señor Diarista, si como espero, tiene Ud. A bien de insertar en su periódico el presente aviso, no debe dudar de mi gratitud, como la de las almas sensibles y patrióticas.

      En Madrid en el día 16 de Septiembre del año de 1802.

      Por don J. A. Villalba: Oficial de Ingenieros Zapadores.

 

José García Díaz.

 

 

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