jueves, 11 de junio de 2015

Romería del Rocio

                            

   

  La Virgen de Roció y su romería, contada en el año 1846.

 

                      Procesión de rogativa en Andalucia, Cuadro de Salvador Viniega.

Sevilla, titulado El independiente.
         Para las personas que no hayan tenido la fortuna de visitar el santuario de esta Señora, en los días consagrados a su culto, no será indiferente conocer una de las peregrinaciones más antiguas y famosas, por su concurrencia y por las raras circunstancias que le acompañan.
           El santuario de la Virgen del Rocío, distante nueve de esta capital, se halla el termino de la Villa de Almonte, en los límites que separan el coto del Rey, patrimonio de la corona, del coto de doña Ana, propiedad del marqués de Villafranca, un desierto hermosísimo, a la entrada de los pintorescos bosques de ambas heredades, y en medio de esa magnífica sabana que se llama marisma, que se admira a la derecha del Guadalquivir. Los pueblos colindantes son Almonte ,Villamanrique, Pilas e Hinojos, distante tres leguas de la ermita.
            Parece  que la Señora del Rocío fue aparecida a un pastor en épocas lejanas, y es tan numerosa la historia de los milagros que cuentan obrados por su intercesión, que varios pueblos le rinden un culto religioso, que en los días clásicos de su celebración es imponderable.
              La festividad se verifica el día segundo de pascua de pentecostés, no habiendo a caso en toda la Península una romería más concurrida. Las hermandades que asisten a su función son por orden de antigüedad de los pueblos como Almonte, Sevilla, Villamanrique, Pilas, Hinojos, Carrión, Moguer, Bonares, Bollullos del Condado, La Palma, Sanlúcar de Barrameda, Rota y otros que en estos momentos no recordamos: todas las cuales, de los diferentes puntos donde parten, vienen en carretas aderezadas con mucho gusto, con vistosos arcos de flores, palmas, ramilletes y otros adornos de cinta de colores, llevando cada hermandad un numero de carretas de 20, 25 y otras veces más: la más ataviadas la que conduce solamente el pendón de la congregación, y en las demás el hermano mayor y varias familias que concurren por gusto o por devoción a esta fiesta solemne destinándose una exclusivamente a las provisiones. El lujo consiste en llevar más número de carretas y más vistosas, compitiendo unas y otras en gusto y elegancia. También se ven crecidas cuadrillas de jinetes en buenos caballos, mucha gente en bestias menores, y no pocas a pie, por cumplir las promesas, de hacer de esta suerte el viaje.
            Otras de las cosas raras en esta peregrinación es que todas las  hermandades salen de sus pueblos, en días calculado, a fin de llegar todas juntas al desierto en una misma hora de la tarde, víspera de la función, y es de ver, como por distintos puntos acuden estas extrañas tribus, poblando con más de 20.000 almas en un momento el que antes era apartado retiro, desamparado terreno, donde solo se divisaban algunas chozas inmediatas a la ermita, propiedad de los más ricos vecinos de los pueblos  colindante. Llegados al lugar, entre las risa, la algazara y la fiesta alegre de los peregrinantes, preparadas las guitarras de la reunión, sin olvidar el tamboril y las gaitas que acompañan siempre a cada hermandad, formándose distintos ranchos, haciendo círculos con las carretas de cada pueblo, después de haber dado cada cofradía la vuelta al Real, que así se llaman a los alrededores de la ermita, y se entregan todos a los placeres sencillos del campo, con absoluta independencia el uno del otro rancho, presentado aquel desierto el más bello paisaje que pudo imaginar jamás la poética imaginación del artista.
              Todo es alegría y diversión en aquella noche, todo música y danzas, al estilo cada uno de su país, sin que se altere en lo más mínimo la paz de tanto círculos, ni haya memoria de haberse cometido excesos, de los que comúnmente se observan en grandes reuniones, pues es cosa sabida, que cuando algunos sobrasos o sobrados díscolos, o pocos sufridos enredan disputas, no  hay más que tirar un indiferente sombrero por alto, dando al mismo tiempo un viva a la virgen del Roció, y en el momento, y como por encanto, los contendientes se separan, como heridos por una palabra mágica, y todo al estado de alegría que antes se interrumpiera.

José García Díaz.
Pepe El Carnicero 



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