Así
lo concluye el Arqueólogo don Juan Aurelio, donde califica que la primera
ocupación de carácter permanente en el término municipal de este pueblo, se
produce a lo largo del Neolítico, al
que se ha adscrito una serie de asentamientos al aire libre, con industrias
líticas donde predomina las pequeñas laminas y cerámicas a mano decoradas con
impresiones y canaladuras, y por su zona de establecimiento, a lo largo de la
cornisa que va bordeando la vega del río Tinto, sobre suelos muy pobres desde
el punto de vista agrícola, las arenas son del periodo cuaternarios, pero
fáciles para su roturación superficial por las condiciones mecánicas de la
disposición de las mismas.
Estos
asentamientos se relacionan en especial y tipológicamente con otras como el
judío (Almonte) y la Dehesa (Lucena del Puerto), que fueron estudiado por los
profesores F. Piñón y Bueno en el año de 1988, y Valdebellotos y Toganos en el
campo de Niebla, que son los que han servido para formar un conjunto de rasgos,
estilos y comportamientos que forman una cultura o bien un grupo humano durante
este citado periodo del Neolítico. Junto con sus estilos de fabricar la
cerámica, rituales funerarios o tipos de herramientas dentro de una misma
época.
La ribera baja del río Tinto, en la que se
encuentra el término municipal de este pueblo, se conoce un fuerte impulso de
poblamiento durante el Bronce Final y el periodo Orientalizante, que es cuando
los historiadores colocan a la vecina Niebla como una ciudad, disponiéndose
como un centro de poder estratégico teniendo el control como se ha demostrado del
río Tinto, y su cercanía con las minas de la Sierra marcando así, la transición
que forman parte las citadas antiguas comunidades agrícolas hasta llegar a la
incógnita y misteriosa Tartessos. Para este fin el profesor Juan Aurelio
adscriben en su artículo, los asentamientos de los Bojeos, la Suerte II, los
Matillos, El Alto de la Ermita, y la Majada del Avispero, aunque sigue comentando
que se han encontrados restos de materiales de esta época en los parajes de los
Epinos y de la Ranosa.
Debemos de tener
en consideración, que son muchas piezas encontradas al cabo de los años por los
vecinos locales, por pura casualidad, y a veces sin tener el menor conocimiento
de lo que le hace representar sobre puntas de flechas, hachas, piedras de
molinos de cereales etc. del periodo del citado del Neolítico.
Hasta el presente
estudio del poblamiento tartésico en la campiña se ha reducido a la excavación
llevadas de los centros hegemónicos que surgen en esta época como en Huelva,
Niebla y sobre todo en Tejada la Vieja, que consolidan su posición en el territorio
gracia al tráfico de minerales entre el Andévalo y la costa, modelo que
cristalizó especialmente cuando los fenicios impulsaron el comercio de la plata
a través de los enclaves costeros de Huelva y Cádiz. Esto ha dado lugar a la
propuesta de dos rutas de comercio, una desde la cuenca minera de Riotinto
hacia Huelva, en la que encontraría Niebla como estación intermedia, como ha
queda demostrado en el puerto del Paleolítico, que fue construido en el cauce
del río para la exportación de minerales del yacimiento que fue descubierto en
el año de 1930, en el exterior del muro sur de esta ciudad, y la otra ruta
sería desde Aznalcóllar hacia la Bahía de Cádiz, con punto de control en Tejada
la Vieja y San Bartolomé de Almonte (Fernández Jurado,1993). Sin embargo, los
asentamientos de la zona de este pueblo, en los que también abundan las
escorias encontradas de sílice libre de plata, obliga a un replanteamiento de
este esquema, demasiado simplista desde el punto de vista comercial y apoyado
sólo en el estudio de un corto número de habitantes, pues, como se demuestra en
Bonares, el poblamiento tendría mayor densidad.
En primer lugar,
hay que considerar que la extensión del conocimiento del tratamiento de los
minerales, (Conviene tener en el recuerdo, que este Arqueólogo Juan Aurelio
Pérez Macías está considerado, como una de las máximas autoridades especializada
en arqueo minería y metalurgia de toda la provincia de Huelva), nos indica que
el proceso de fundición pudo ser llevado a cabo por poblaciones naturalmente
alejadas de las mineralizaciones y carentes por tanto de la experiencia
necesaria para llevar a cabo reducción, fundición y copelación de estos
minerales de plata, técnicas atribuidas sin ningún fundamento empírico a la
tecnología fenicia. Si valoramos el impulso del comercio fenicio de la plata, suficientemente
constatado, desde esta perspectiva puede entenderse la consolidación de esos
centros hegemónicos a lo largo del siglo VIII a. C. como un modelo de
poblamiento diversificado, propio de comunidades mixtas de agentes fenicios y
población indígena, en los lugares de paso y control del comercio de minerales
y metales, como núcleos desde los que se centraliza la comercialización de
minerales a toda la campiña y como centros receptores de la producción de
plata.
Entendiendo
así el comercio de minerales y de plata bruta se puede comprender la
generalización de la metalurgia de la plata en los asentamientos del término de
este pueblo, dependientes del papel que a partir de esta etapa juega el núcleo
de Niebla, como sucede en Tejada la Vieja. El asentamiento del Arroyo de la
Vaqueriza viene a enriquecer el panorama, ya que su salida natural es la Rocina
y la desembocadura del Guadalquivir, donde también debería de encontrarse un
punto de embarque.
Ahora bien, no
puede sostenerse que este poblamiento estuviera sujeto exclusivamente a la
producción de plata, pues sus niveles de producción serían reducidos,
complementarios de otras actividades económicas, aunque si dependiente en
segunda instancia de la riqueza que genera todo este flujo comercial, que pudo
traducirse en unos de los mayores niveles de poblamiento, tanto en esos centros
hegemónicos como en sus ámbitos rurales.
La crisis
comercial que acabo con el mundo tartésico y dio paso al turdetano perdió
enteramente esos niveles de poblamiento y los asentamientos rurales
desaparecieron en su inmensa mayoría. A lo largo del periodo turdetano el
poblamiento se constriñó (Guerrero, Campos, Pérez, 1999), se concentrará en
torno a Niebla y al puerto de los Bojeos, estrechamente relacionado al tráfico
comercial fluvial de este oppidum.
(ciudad bien fortificada). Aunque haya desaparecido totalmente cualquier rastro
de poblamiento rural, el mantenimiento del paraje de los Bojeos es un síntoma de la continuidad de un de un cierto de desenvolvimiento
comercial, de distribución de productos desde la costa al interior, de base
gaditana según el tipo de ánfora de los Bojeos. La ribera baja del Tinto pierde
así las posibilidades de intercambio que había ofrecido la producción de plata
en época Orientalizante, pero sigue siendo un mercado de consumo de productos
elaborados en la orla costera, sobre todo de salazones de pescado por el tipo
de ánfora. Es decir, el ámbito gaditano mantuvo su red comercial en época
prerromana para la distribución de sus productos industriales, reorientado al
anterior comercio de productos artesanales por metales, en una forma de
relaciones comerciales que sólo busca la colocación de sus mercancías a una
población concentrada en los oppida y
a una economía que, perdido su papel de intermediaria en la distribución de
metales, volcó su desarrollo en la producción agrícola.
La ocupación
de este pueblo en época romana significa una intensa colonización agrícola que
se extiende por todo tipo de suelos, tanto en las margas miocenas y los limos
arenosos pliocenos, como en las arenas cuaternarias. No obstante, la densidad
de poblamiento es mucho mayor sobre las margas, que por su desarrollo en la
vega del río Tinto y por cualidades agrológicas, fueron tierras preferidas y
donde el asentamiento fue más estable y de más larga duración.
Desde el punto
de vista cronológico, la falta de cualquier tipo de material arqueológico de
los siglos II y I a. C., revela que esta colonización se llevó a efecto a
partir del cambio de Era, hecho confirmado también por la adscripción a la
tribu Galería, en la que entran los
nuevos ciudadanos hispanos a lo largo de la dinastía Julio-Claudia, de los
escasos colonizadores documentados por las fuentes epigrafías, como sucede con
los Sempornii del puteal de
Trigueros.
Hasta ese momento
cabe pensar en un sistema de poblamiento que sigue el modelo de ocupación
prerromano, basado en concentración de la población en torno a los grandes
sitios amurallados, en nuestro caso al de Niebla. De esta regla queda apartado
el asentamiento de los Bojeos, que venía ocupando una situación privilegiada
con relación al comercio fluvial a través del río Tinto desde los comienzos del
I milenio a. C.
Resulta problemático asignar una categoría a ese puerto
fluvial, que seguirá ocupando lugar destacado en el sistema de explotación
hasta época visigoda. A modo de propuesta no nos parece que los Bojeos sea una
entidad independiente de Niebla, sino más bien complementaria, que surge a la
vez que este núcleo para facilitar la comunicación y el comercio entre la ría
de Huelva y la primera gran fortaleza de esta campiña, Niebla, agilizando el
intercambio de productos entre ambas zonas por vía fluvial, un sistema que
adquiere verdadera importancia en época romana como se demuestra
significativamente para el caso del curso medio del Guadalquivir. Para la
comunicación por vía terrestre se potencia el viejo camino entre “Hispalis y
Onuba”, convertido en el camino 23 de “Itinerario Antoninianum”, en el que
Niebla controlaba el puente que permitía cruzar el río Tinto. De este modo
hemos de explicar que los Bojeos como una creación de la propia ciudad de
Niebla para contar con un puerto fluvial en el río Tinto, en el límite de la
influencia mareal de la ría de Huelva. A partir de este punto no era posible la
navegación por la falta de calado, sobre todo por las costras ferruginosas y
calcáreas que se van formando en el lecho del río. La distancia desde Niebla a
los Bojeos, de menos de 3 km, hacían cómodo el trasvase de las mercancías a
Niebla por vía terrestre siguiendo la margen derecha del río hasta el puente de
Niebla, que permitía cruzar el río para acceder a la ciudad.
Este es el
papel que desempeña los Bojeos en época prerromana, con una cronología bien
definida, sobre todo por el material anfórico, y así continuaría durante los
dos primeros siglos de la presencia romana, aunque falte el registro cerámico
que lo corrobore. A partir del cambio de Era pudo conformarse como una aldea
dependiente de Niebla, pero su importancia se va acrecentar con la necesidad de
dar salida a la producción agrícola que se va a generar con la colonización romana,
para acabar de convertirse en el asentamiento sobre el que gravita todo el
poblamiento rural de la margen izquierda del río Tinto, por encima de su
primitiva funcionalidad, estrechamente relacionada a Niebla. Pasaría así a ser
el puerto de la campiña de Niebla, subordinado jurídicamente a la misma,
esquema del que no faltan ejemplos en el mundo romano, en el que muchas
ciudades situadas en las orillas de los ríos, sin posibilidades de tráfico
fluvial, como la propia Roma, potenciaron a núcleo próximos que le sirvieran de
puerto, como Ostia.
La implantación
rural romana en la ribera baja del Tinto corrobora la necesidad de contar con
un punto de embarque para la producción agrícola. Representa unos niveles de
ocupación desconocidos con anterioridad en el territorio, salvo el breve
paréntesis del período Orientalizante. Los asentamientos se distribuyen de
forma regular, síntoma de un nuevo sistema de explotación que debió arrancar de
repartos y asentamientos de colonos, aunque hasta el momento desconozcamos si
hubo una verdadera división del territorio, o si, como parece más probable que
fuera una distribución que se realizó con concesiones individuales.
El comienzo de esta colonización rural está
bien definido tanto en las primeras producciones del “alfar de Pinguele” como
en los materiales más antiguos de estas “villas rustica” en el término de este
pueblo, para situarlas a fines de siglo I a. C., en época augustea, a la que
corresponde los restos encontrados de las ánforas, y como la Sigillata Itálica
de los Bojeos, en la casa del Huerto del Sordo, y el Belbí. Está por conocer el
papel que desempeñaron estos primeros colonos en la ciudad, aunque en el caso
de Niebla los primeros magistrados conocidos en ella después de alcanzar el
rango municipal en época Flavia no pertenecen a la tribu Galería, si no a la Quirina,
la de los nuevos ciudadanos incorporado al ordenamiento jurídico romano a
partir de la época Flavia. Esto nos
habla también del interés de las élites de esta comunidad tributaria, que
cuando se concede el derecho latino a Hispania copan los primeros municipales.
La falta de testimonios epigráficos impide conocer también la procedencia de
estos primeros colonos romanos adscrito a la tribu Galería, aunque si estamos antes concesiones viritanas, mucho de
ellos serían hispanos clientes cesariano que recibieron su recompensa en
tiempos del segundo triunvirato o tras el triunfo de Octaviano.
A pesar de todo, es evidente el interés exclusivo de Roma en
la puesta en explotación del territorio, que ya en época julio-claudia empezara
a dar sus primeros frutos.
No faltan tampoco
materiales encontrados de los siglos II y III d.C., en estas “villas rusticas”,
pero la mayor parte de ellas viven un segundo período de esplendor en los
siglos IV y V d.C., momento al que corresponde la mayor parte del material de
superficie, un resurgimiento de la economía rural generalizada a todos los
ámbitos del imperio y que se ha relacionado con las reformas de Dioclesiano y la
consolidación de la dinastía constantinea.
José García Díaz.
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