Que se encuentra
alojada en los olivos de las Gagas, frente al río Tinto dentro del término de
este pueblo, donde este taller esta también compartido con la parcela olivarera
de propiedad de Manoli Limón “Petaca”.
Este
trabajo arqueológico, se encuentra elaborado por el ilustre Profesor Titular en
esta materia en la Universidad de Huelva, Juan Aurelio Pérez Macía a quien
tanto le debemos los amantes de la Historia local, ya que cuando apareció por
este pueblo, sobre el año 2.000 del siglo pasado trayendo bajos los brazos un
difícil y complicado trabajo, como era reabrir y, investigar el comienzo de la
Historia de este pueblo, desde los primeros tiempos primitivos hasta la
conquista de Niebla por el Rey Alfonzo X el Sabio.
Durante años,
tanto en invierno como en verano, con la ayuda de un matrimonio local, este
humilde y sencillo profesor repasaron
todo el campo de este término buscando restos superficiales, que sirvieran para
su catalogación y previo estudio para colocarlo en su lugar histórico, así como
aquellos yacimientos arqueológicos que demostraran interés, para la formación
de una propia “Carta Arqueológica”, por donde Bonares puede presumir de tenerla
elaborada, dentro de los pocos pueblos andaluces que la tiene.
El trabajo de este profesor sobre la fábrica
de cerámica de Pinguele, está publicada en el año 2002 en una revista francesa
que publicamos en la portada, afirmando lo siguiente:
“Me ha parecido
oportuno contribuir a este homenaje a B. Liou con la presentación de los
primeros resultados de la investigación en un alfar romano situado en el
término de Bonares. Dentro de este alfar se destacan tanto las producciones
anfóricas como de cerámicas común. Por la significación que ha tenido la obra
de B. Liou en el tema citado de la circulación anfórica y del comercio en la
época romana, vamos a detenernos en el estudio de un tipo de ánfora fabricada
en este alfar, es la forma Haltern 70, cuya caracterización morfológica quedó
fijada desde la publicación encontrada en el pecio de Port Vendrés II. Contando
además de varias modalidades, que adquieren un significado menos marcados en el
asunto que vamos a tratar a continuación, los inicios de la colonización rural
romana en el suroeste de la Península Ibérica a partir de la época augustea,
dentro de un amplio programa de explotación del territorio, en el que se
destacan los metalla del Cinturón
Ibérico de Piritas y las tierras de la campiña, donde era preciso producir los
alimentos necesarios para un correcto abastecimiento de los vici mineros que se crean en estos
momentos.
Desde el punto
de vista cronológico de la villa rustica
se va imponer como forma de explotación agrícola a partir de tiempo augusteos,
y esto trae consigo la aparición y difusión de los recipientes anfóricos
béticos en el occidente romano, un índice de las cantidades y calidades de la
agricultura y de la pesquería en la Provincia
Ulterior en aceite, vino y salsa de pescado.
Pero hasta el
momento las áreas productoras se habían situado en el Valle del Guadalquivir y
Bahía de Cádiz, en las investigaciones arqueológica ha sido más intensa por
haberse encontrado los primeros alfares de su recipiente más señeros. La actual
provincia de Huelva ha sido considerada como un área marginal, en la que Roma
sólo se interesó de una manera directa por la explotación minera, pero una más
detenida prospección de los asentamientos romanos demuestra que también
participó en el relanzamiento económico que viven otros lugares de la Bética a
partir del cambio de Era, como ocurre con la producción de salsas en la cetariae de la costa y los productos
agrícolas de los fundi de la campiña,
con la estaría esta figlina de Pinguele que, vamos a comentar y otras aún
inéditas.
El alfar romano de
Pinguele se encuentra a orillas del río Tinto, a escasa distancias de Onoba (Huelva),
donde éste desagua en el Atlántico, y de Ilupa
(Niebla), en cuyo territorium debía
situarse. Hasta aquí llega todavía la influencia mareal, y por la calidad de
las arcillas que rodean al asentamiento (margas azules), de buenas cualidades
plásticas. En la zona se conocen otros alfares romanos de los siglos IV y V
d.C., en el Barro de San Pedro y en el Alto de la Piedra, que sucedieron en el
tiempo a las producciones de Pinguele.
La implantación
rural romana en su entorno está salpicada de numerosas villae, que se extienden cronológicamente desde el siglo VI d. C.,
y tienen razón de ser en las bondades agrícolas del suelo, margas (cretosis) y limo arenoso (salulosi), cuyas condiciones alaba
Columena para el desarrollo de la vid y el olivar.
El alfar de
Pinguele representa el momento más antiguo de actividad de estas figlinae de la margen izquierda del río
Tinto. El asentamiento está formado por dos zonas bien diferenciadas, una
doméstica, en la que abundan el material de construcción (tégula, ladrillos,
imbrices, lastras de mármol, etc), cerámicas finas de mesas, pesas de telar,
etc, y otra industrial, en la que predominan los fragmentos de paredes de
hornos (adobes escorificados al interior) y gran cantidad de material cerámico
con fallos de hornos, con paredes en algún caso vitrificadas y en otros
deformadas. Ambas áreas funcionales están separadas por unos cien metros.
En el registro
cerámico de la zona de vivienda se destacan las ánforas en varios modelos, y
segillata itálica. Estos materiales abarcan una cronología desde época
julio-claudia hasta el siglo IV d.C., aunque el momento de máximo florecimiento
debe situarse a lo largo de los siglos I y II d.C., al que se adscriben la
mayor parte de las cerámicas de mesa, sigillata hispánica, sigillata sudgálida
y las sigillatas africanas, algunas de ellas indican la permanencia de la
actividad en el siglo III d.C.
Del alfar lo más
representativo es el testar, el lugar donde arrojaban los recipientes
desechados por defectos de cochura. El testar tiene forma circular de uno diez
metros de diámetros, y se encuentra completamente relleno de fragmentos de
cerámica y paredes de hornos. Por su forma, pensamos que el testar fue en
primer lugar el sitio donde se extrajo la arcilla (margas) para el torneado de
los recipientes, una pequeña barrera en forma de cantera circular de pequeñas
dimensiones, y vez agotada la veta de arcilla se utilizó como escombrera hasta
rellenarse completamente. Según los dueños de la parcela donde está el testar,
plantada actualmente de olivos, a profundidad no dejan de aparecer fragmentos
cerámicos completamente compactados, y algunos casi completos se encuentran en
algunas colecciones de los vecinos de este pueblo. Por su significación, entre
los fragmentos de cerámica y paredes de hornos hemos encontrado también algunos
utensilios de alfarero, como un anillo- soporte de torno. A partir de la
recogida de material cerámico del testar se deduce una producción muy
diversificada. De cerámica común aparece formas como el dolium,
operculum, mortariun, leves, urceus, y caccabus.
Resulta novedosa la
producción anfórica de formas hasta ahora relacionadas con las fábricas de
salsas de pescado de la Bahía de Cádiz, pero no debe olvidarse que algunos de
estos recipientes pudieron servir también para el envasado de productos del
campo. Tampoco puede descartarse que parte de la producción de este alfar se
destinara al abastecimiento de ánforas para las factorías de salazones del
litoral, con el que existía una fácil comunicación fluvial a través del río
Tinto.
La forma que sin
duda cabe relacionar con la producción agrícola es el tipo Haltern. Es el tipo
de ánforas que más abunda en el testar junta con otra variedad. La pasta de los
bordes correspondientes a esta forma es coloraciones sienas o anaranjadas, con
desgrasantes de cuarzo y feldespato, y texturas hojaldradas en sección. Los
perfiles de las embocaduras son ligeramente salientes, biseladas o almendrados
al interior. Las asas tienen una fuerte acanaladura central, y los pivotes son
macizos, con muñón central interior. El área de producción de estas ánforas se
había situado en el Valle del Guadalquivir y en la franja litoral gaditana, en
Puente Melchor, Venta del Carmen, y Puerto de Santa María.
Por tanto, este
tipo de ánfora nos sirve como indicador de la dedicación económica de estas
villas rústicas de la campiña de Huelva, y de la extensión en ellas de los
cultivos del olivar y el viñedo. En este mismo sentido apuntan los primeros
datos de la prospección de algunas de ellas, donde son elementos corrientes los
contrapesos de las prensas de viga, lo que confirmaría las existencias de “torcularia”
en la mayor parte de estos asentamientos rurales. Conocemos incluso por las
fuentes de época musulmana que estos cultivos seguían siendo los principales de
la zona del medievo.
En un nivel más
general la dispersión de este tipo de recipientes por todo el occidente romano
avala la potencialidad de la agricultura bética desde e comienzos del siglo I
d.C., antes de que la forma Dr. 20 certifique los altos rendimientos de su producción
aceitera. Esta forma se individualizó como tipo en las excavaciones que, se
encuentra en la mayor parte de los asentamientos de Germania, y demás lugares
europeos.
En la Península
Ibérica aparece en asentamientos del interior, Astorga, Campa Torres y demás
lugares, con en Italia en Roma, Ostia, y Pompeya. Su distribución a partir de
Augusto se produce en Hispania, costas mediterráneas, de donde a partir del
Ródano llega hasta las fronteras del Rhin, y en costas atlánticas hispanas y
británicas, circuito comercial que va a coincidir a grandes rasgos con el
desarrollo por la Dr.20. En definitiva, el modelo de Pinguele abría paso a los
productos béticos en el occidente romano en época de Augusto-Tiberio, antes que
el aceite bético alcanzara las cotas comerciales que nos dibuja la dispersión
de la Dr.20 a partir de Claudio-Nerón. La posición de estos alfares se organiza
alrededor de un enclave que puede considerarse el verdadero lugar de embarque
de esta producción. Los Bojeos, de donde se conserva todavía parte de un
malecón de opus incertum con más de
dos metros de altura. Así, en este caso puede proponerse que las alfarerías son
industrias que surgieron en el lugar donde se embarca esta producción, con
independencia de las áreas de producción agrícola. No cabe duda de que también
jugó papel importante la existencia en esta zona de banco de arcilla, pero las
posibilidades del transporte fluvial han de ser subrayadas, hasta tal punto que
parte de este alfar de Pinguele pudo estar destinada a las fábricas de
salazones costeras.
José García Díaz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario