domingo, 24 de mayo de 2026

"Ya se van los quintos, madre" de Bonares.

 

                                                       

                                     
                                                    Por gentileza del Er Benyi y su IA.                                     
         

       Éramos los 24 muchachos de mi edad, que nos encontramos metidos en la foto realizada por Gumersindo en la puerta del Cura por la calle del Pilar, el día que nos marcamos en el año de 1974.

   Era en los primeros días de febrero el día señalado, cuando estábamos ya bien calentito, esperando el toque para entrar en el Ayuntamiento “Vamos los quintos para la plaza que, nos llama las campanas/ que nos van a sortear a la diez de la mañana” como se cantaban desde antiguo. No era el sorteo precisamente lo que nos esperaban en el Ayuntamiento, sino un guardia municipal y dos vecinos que habían prestado servicio militar en la guerra, que nos medía, altura, anchura, peso y un breve reconocimiento hecho por el médico local.

      Este día quedó grabado en la memoria de todos los que formamos la quinta del 74, fueron cuatro de ellos “Los últimos de África”, por haber prestado hacer el servicio militar en las tierras morunas del “Sahara Español”. Donde los primeros bonariegos que marcharon a combatir en esos terruños africanos, fueron los quintos de 1850 bajos las órdenes del General Prim, en Castillejo, Tánger y Tetuán. (Lo que fue el antiguo Protectorado Español).

      Esta quinta hizo las justas gamberradas permitidas y establecidas por las calles locales, consistió en pegar a un bidón vacío de gasoil, atravesados por un palo y portado por dos quintos, los demás “palo que te pego” y el añil de complemento que no faltaba, (costumbre antigua como broma ritual de la mili, para dar el paso de joven a adulto), pero con moderación, no como los antiguos quintos locales, que portaban las cabezas cortadas de los pollos corraleros (años atrás las mayorías de casas de este pueblo tenían en su  corral un gallinero) enclavadas como picas en palos, para pasearlos por el recorrido de las calles, dado que esta fiesta por aquellos años, se hacía en dos días, el primero era un guisado de pollo con arroz y para el segundo la caldereta, que era patrimonio gastronómico local.

       Nosotros tuvimos bastante con un día completo, la nuestra era de un “chivarro” y fue elaborada por el padre del “Sema” en una bodega que nos prestaron el dueño del bar “Juan Rosque” por abastecernos del vino, y demás bebidas mañaneras como era la copita de aguardiente, acompañada a veces con unas pasitas, o bien higos secos que aumentaban el paladar gustativo, reliquias antiguas herederas de nuestros padres, junto con el anís y el coñac, que nos hacían ponernos a tono antes la movida que nos esperaban.

                                                       



       En aquellos días, nos comentaron que en los años antes de la guerra civil las quintas en este pueblo, la formaban mayor número de mozos que los actuales entre 40 a 50, y empezaban las fiestas una semana antes de marcasen, por las noches terminadas las faenas laborales, ya que no faltaban bodegas y bares locales para tales celebraciones entre los trabajadores, mientras los calificados aquellos como de “padres ricos” no participan en estas fiestas para no mezclarse con los trabajadores, puesto que perduraban de muchos años atrás, que cuando eran declarados soldados sorteados, sus padres abonaban la “redención económica” para que estos permanecieran en sus casas y en el casino, en vez de prestar servicio militar correspondiente.

      Porque el ejército era muy dado a cobrar los dineros de los pudientes, desde que comenzó su historia, mientras tanto los “pelaos” como nosotros manteníamos en la memoria, aquella canción de nuestros abuelos que, solíamos cantar “Si te toca te “joes” que al África tienes ir/ que tu madre no tienes para librarte a ti”, para quedar la cosa de esta manera.

      La quinta nuestra ya había perdido la vieja costumbre de ir casa por casa, para pedir aquellos duros que tan buena falta hacían para aliviar las duras penalidades de la mili, ya que solo nos quedaban, otro viejo estribillo de aquellas viejas canciones, dedicadas a las novias quien la tuviese, que era más o menos así:

“No me des pañuelo blanco/ bordado para llorar/ sabiendo que soy soldado/ sin poderlo remediar”. Quedando yo, como algunos más excluidos de prestar servicio militar, ante la necesidad de prestar ayuda a mi familia ante la invalidez que presentaba mi padre, y ser admitido dentro de la prologa de 1º Clase reconocida en el Tribunal Militar dentro del Cuartel del Regimiento de Granada de Huelva, donde solo me quedó pasar revista con la Cartilla Militar en el puesto de la Guardia Civil, durante un tiempo de cinco años.

José García Díaz.

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