viernes, 19 de agosto de 2016

Una tumba romana.

            
                                                         


                        Una Necrópolis  pre--romana en Niebla.

                         Por don Cristóbal Jurado, Pbro.
           Miembro de la Real Academia de Historia de Toledo.

      Dedicado al Excmo. Sr. Arzobispo de Sevilla, a su paso por esta villa en Febrero de 1918.

       Hace algunos días, en el sitio de este pueblo denominado la "Estación de Sevilla", el obrero Eusebio Padilla natural del vecino pueblo de Bonares, se encontró, al labrar una viña, grandes y enormes sillares, denunciadores de viejo monumentos. Una vez levantadas, no sin grandes esfuerzos, algunas de las pasadas piedras, se pudo observar que contenían debajo restos humanos.
        Los sepulcros encontrados han sido tres y de su tosca construcción y primitivos materiales empleados, así como de alguna obritas halladas en su interior, de labor rudimentaria, se desprende su remota antigüedad, que se puede calcular de los últimos periodos de la dominación cartaginesa en Niebla o principios de la época romana.
       Las fosas todas presentaban en la parte inferior grandes losas de barro cocido, de origen caldeo o ibérico, de 58 centímetros de larga por 42 de anchas, sobre las cuales se hallaban colocados los cadáveres boca  abajo, según los usos babilónicos, apoyándose el cráneo en un gran adobe, que le servía de almohada, de 40 centímetro de largo, 26 de ancho y 7 de grueso. En la parte de los pies cuatro adobes, labrado "ad hoc" formaban un circulo, tal vez imagen del sol.
         Las tres fosas se hallaban circuidas de grandes ladrillos de 28 centímetros de longitud por 21 de latitud y 5 de grueso, formando un grueso muro, cubiertas en la parte superior por grandes sillares de varios quintales de peso, reveladores de una época de transición del periodo de los dólmenes o grandes piedras tumulares o funeraria.
        Uno de los cadáveres, de cráneo alargado, que recordaba, las razas negras africanas, tenía varios nudos de huesos en la frente, indicadores de las pedradas de hondas recibidas en las guerras de aquellas edades, y sobre su cabeza una gran pila de piedra, de una arroba de peso, donde se encontraron señales de aceite o grasas requemadas, o bien servía de recipiente, donde se depositaban las cenizas de los antepasados o las carnes y corazón del difunto.
        Las grandes piedras que cubrían las fosas tenían agujeros oblicuos, labrados expresamente para poner el interior de los sepulcros en comunicación con el aire atmosférico, tal vez para dar salida a los espíritu o manes de los muertos, o también para dar respiración y aire a las grandes lámparas que quedaba ardiendo en el interior, que servían para iluminar al difunto en su incierto viaje a las regiones de un mundo desconocido.
       En otro de los sepulcros aparecía una tosca cabeza de mujer, labrada en mármol, cubierta con un velo, que nos recuerda a las descubiertas en el cerro de los Ángeles, figura de una Venus arcaica; la Tanit cartaginesa.
      Las grandes losas de los sepulcros llevaban todas gravado el circulo, imagen de la divinidad solar o de Baal Hamnión, como aparece de la estela Núminica, hallada en Magrana. También presentan labores toscas rectangulares, remedando el frontón de un santuario o bien en forma de equis, labradas al parecer, con los dedos de la mano.
        Pero lo que más llama la atención es que en algunos adobes aparece la figura de la mano, extendida, labrada rudimentaria, símbolo mitológico cartaginés, según se observa en la estela votinea de Tanit, hallada en la aldea de Malga, no muy lejos del sitio donde estaba emplazada la antigua ciudad de Cartago, donde aparece la mano extendida, así como en otra estela votinea existente en el Museo Arqueológico de Paris, exvoto del templo de Tanit, en Cartágo, donde se nota la pelamide y el atún.
       La mano derecha extendida hacia el cielo, en la actitud de que habla Virgilio: "Duplices tendens ad sidera palmas", representaba el poderío de la divinidad y expresaba protección y bendición. Todavía los árabes, perpetuando estas viejas tradiciones, colocan manos pintadas o grabadas en la puertas de sus casas, para alejar las infamias perniciosas y evitar maleficios.
       El rito de elevación de las manos, al dirigirse a la divinidad, es de tradición antiquísima. Así, en las estelas votineas funerarias, egipcias, en el Museo de Bulac, vemos figuras orantes con las manos extendidas, Moises, con sus manos levantadas hacia el cielo, obtuvo el triunfo de Israel sobre los amalecitas, y las pinturas que representan los orantes en las catacumbas de Lucina y en la iglesia de San Apolinar in Clase, en Revena, están con las manos levantadas, siendo notables las liturgias de la iglesia sobre la elevación e imposición de manos.

    José García Díaz.


   

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