miércoles, 9 de febrero de 2022

El tesoro de Saltés.

 

                                                             


  Todos los huelvanos, al ir a Punta Umbría, hemos pasado multitud de veces junto a la Isla de Saltés, arenosa y baja con algunos olivos y pequeños cabezos destacándose contra el añil del cielo, que se ven desde la canoa, en el plácido paseo por la ría; todo esto constituye para nosotros un cuadro hermoso y familiar.

   Pero lo que no todos sabemos sobre esa isla de nuestro estuario es una vieja y fascinante historia, muy ligada a la de nuestra bella y querida Huelva. No sucedió en los tiempos más antiguos, cuando los fenicios elevaron allí un templo a Hércules, que por su grandiosidad y belleza fue famoso en todo el mundo entonces conocidos; no fue tampoco en los tiempos en que los griegos fundaron en Saltés la orgullosa ciudad de Heracieous Nexos, ni cuando una tribu celta, la más meridional de todas, se estableció en la entonces llamada Certare, hoy Saltés. Esta historia ocurrió en tiempos relativamente más reciente: cuando, en el siglo XI, Huelva fue la capital de un culto y próspero reino taifa.

  En el año 1011, el aumento entre los huelvanos del ansia de independencia, coincidiendo con la debilidad del Califa de Córdova, permitió que un hijo de Huelva, Mohamed-Ibn Ayún-Abú Zaid-Al- Becri, segregase la comarca del califato, y la proclamase reino independiente, con el cómo rey y su capital en Huelva.

  Nuestra ciudad se convirtió pronto, bajo su inteligente gobierno, en un emporio industrial y mercantil, famoso en su tiempo, y pleno de riqueza y prosperidad. En tal ambiente, pronto brilló el genio huelvano, y las artes, las letras y las ciencias se cultivaron con sin igual esplendor; aquí florecieron literatos de la colosal tala de Aben Hazám, el mayor poeta y pensador hispanomusulmán, geógrafo del islam después del El-Edrisí, y tantos y tantos otros. También se llamó la ciudad de hermosos y nobles monumentos, que según frase de Abú-Obaid el Beerí, fueron “el ornato del mundo”.

                                                           


                                                        

  Desgraciamente, esta prosperidad y riqueza no pudo menos que excitar la codicia del rey de Sevilla, “Almothadir, conquistador brutal, ya se había apoderado de los reinos de Morón, Ronda, Jaén, Niebla y Santa María de Algarbe, cuando, en el año 1051, puso sitio por tierra y mar a la ciudad de Huelva.

  Aunque los huelvanos eran gente eminente culta y pacífica, se aprestaron animosamente a la defensa, y mandados por su rey que era Abdul-Aziz Abú-I- Mossablese, defendieron heroicamente hasta el último extremo. Pero la desigualdad de los combatientes era demasiado grande, y los sitiadores lograron al fin expugnar la ciudad no sin la feroz resistencia de los Huelva.

   Mientras los invasores se dedicaban a la matanza y al saqueo, al incendio y a la destrucción, Abdul- Aziz consiguió, a favor de la confusión del momento, pasar desapercibido y huir llevándose consigo el tesoro real. Eludió las tropas de Almothadir y se refugió en la isla de Saltés, donde se escondió por cuatro días, al cabo de los cuales, viendo lo inseguro que se volvía su refugio, intentó escapar en una barca, disfrazado de pescador. Pero el tesoro se quedó escondido en la isla de Saltés, en espera de mejores tiempos.

     A poco de cruzar la barca la Boca de la Barra fue interceptada por una de las galeras de bloqueo y Abdul-Aziz fue reconocido y preso. Le llevaron a Sevilla, donde negó a confesar el lugar de Saltés donde escondió  el tesoro; más tarde, le arrancaron los ojos, fue torturado, y, por último decapitado. Su cabeza fue clavada en una escarpia de los muros del Alcázar de Sevilla, antes de confeccionar con ella una pieza más para la “vajilla” del rey Almothadir.

    De la Huelva de los reyes becritas, nada queda, salvo una lápida y otros pequeños objetos encontrados en los patios de casas edificadas sobre el solar de las ruinas del palacio real de Huelva, que estuvo situado donde hoy están la iglesia y el convento de las Agustinas y calle Millán Astray arriba.

   Pero nadie ha encontrado hasta nuestros días, y por tanto permanece en su escondite, en algún lugar de la isla de Saltés, el tesoro de los reyes de Huelva.

Manuel Pizán Domínguez.

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